Septiembre 2005 Archives

Joel

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La noticia de que mi hermana esperaba un niño me cogió por sorpresa. Por su edad y por su situación personal era algo de lo más natural y esperado, pero qué le vamos a hacer, uno es un despistado y no piensa en esas cosas. Me emocioné, pero la lejanía del acontecimiento calmó los nervios y avivó la incredulidad.

Cuando me anunciaron que se trataba de un varón, me emocioné más aún, no por el género que el azar, los cromosomas y los dioses habían elegido, sino porque mis proyectos para con mi sobrinillo, proyectos que sólo eran bocetos sobre papel de estraza, podrían empezar a cobrar forma.

Pasaban los meses y, aunque la tripa de mi hermana iba en aumento, no concebía la idea de que un nuevo ser iba a formar parte del selecto club de mi familia, la más cercana, la única. Bastante tenía yo, en mi egoísmo, con preocuparme de mis padres, mis dos hermanas, mi churri... y bueno, vale, mi cuñado.

El martes tenía visita con el médico. Ocasión propicia para el feliz desenlace. Pues no, tampoco me imaginaba que ese día se iba a convertir en una importante efeméride para mi agenda. El muy tramposo quiso salir antes, para sorprender una vez más a su distraído tío. Mi madre me llamó y me dio la gran noticia; iba a nacer esa misma tarde. Por fin adquirí conciencia del cambio radical que iba a producirse en nuestras vidas. Con unos nervios espeluznantes acudí a la clínica, con la idea de encontrarme la habitación vacía y dispuesto a sufrir una espera agónica. Pues no de nuevo, el bribón volvió a sorprenderme. No me hizo falta ni abrir la puerta de la habitación 737 para oir los sollozos de menos de tres kilos de carne y huesos aún por formar.

Ahora ya me lo creo. Y la sensación de estos días (y la de muchos, muchísimos días más en el futuro) jamás pude ni imaginármela. Mi hermana y mi cuñado me han hecho un regalo pequeñito pero enorme; desde el martes he tenido tiempo para comprobar que, si estoy bajo de moral por cualquier causa, pienso en Joel y la sonrisa reaparece.

Joel, fíjate, hasta me empiezo a acostumbrar a tu nombre...

Pasión de Gavilanes

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La serie colombiana "Pasión de Gavilanes" coincide con el horario laboral de un servidor, así que me resulta imposible seguirla (a esto hay que añadir mi aversión natural por las series). Es algo que no lamento en absoluto. Sin embargo, a diferencia de la serie de marras, quien les escribe sí disfrutó de vacaciones durante el pasado mes de agosto y pudo descubrir de qué se trataba.

Cuando acudía a casa de mis progenitores a comer, coincidía la sobremesa con el visionado, rutinario en aquella casa, de dicha serie. Mi atención hacia ella era ínfima; no obstante, me permitió percatarme de algunos detalles sociológicamente interesantes:

i) considerar a los actores como tales es un insulto al noble arte de la interpretación. Su capacidad interpretativa es equiparable a la de un colibrí con paperas. Eso sí, son muy guapos/as todos/as.
ii) la canción de cabecera se ha convertido en un megahit del verano. Incluso en cadenas de la competencia te venden la melodía para el móvil.
iii) el espacio dedicado a cada capítulo durará una hora y media. De ese tiempo, diez minutos del comienzo se dedican a recordar lo sucedido en capítulos anteriores; hay dos cortes (por lo menos) para publicidad de veinte minutos (mínimo) cada uno; y el último cuarto de hora sirve para mostrar un avance del próximo capítulo. Resultado: nos quedan veinticinco minutos de novedades, de evolución argumental. Veinticinco minutos aderezados de una retórica sublime pero escasamente expeditiva, lo que entorpece la agilidad del desarrollo de los acontecimientos.

En definitiva, que han vuelto. Los tiempos cambian, pero la fiebre por los culebrones, la cual ya causó estragos con fenómenos sociales como "Los ricos también lloran" o "Cristal", es algo muy difícil de erradicar.

El Último Heterosexual

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Año 2041. San Francisco, California, EE.UU.
A Gustaff le gustaban las mujeres. Le avergonzaba confesarlo, pero se trataba sin duda de un especímen extraño en el, cada vez más extinto, género humano. Logró mantener oculta tan atroz condición hasta una vez superada la adolescencia, la cual supuso todo un infierno para él. Una vez cumplida dicha etapa, tampoco pudo manifestar sus verdaderas tendencias abiertamente, pero las tentaciones se debilitaron.

Pasada la época de promiscuidades propias de los preadultos, a Gustaff le apetecía dar por fin rienda suelta a sus instintos, unos instintos extremadamente contenidos, pues hasta entonces tan sólo había tenido a su alcance para satisfacerlos a sus compañeros de facultad, unos eunucos imberbes, o bien, en eventuales ocasiones, a barbudos camioneros cuya única motivación en la vida era hacerle la ídem imposible a un marinero consumidor de espinacas. Y eso, al degenerado de Gustaff, no le atraía.

Comenzó a buscar a una muchacha que pudiera llegar a amarle. La experiencia le había mostrado con una cruel contundencia que las más bellas y las más inteligentes, las que, por su definición atávica de "macho", más podrían atraerles, mostraban una conducta claramente lésbica. Por tanto, a Gustaff sólo le quedaba encontrar una chica que cumpliera dos requisitos: que mostrara atracción hacia él y que fuera "femenina".

Lo segundo estaba complicado. En aquella época, sólo los individuos equipados con un cromosoma "Y" exhibían comportamientos definidos en el siglo XX como femeninos. Y éstos al bicho raro de Gustaff no le gustaban. El pobre contenía sus impulsos mediante prácticas onanistas gracias a revistas del siglo pasado, o a páginas web sin actualizar. Lo hacía con resignación y tristeza, pues era consciente de que la tarea de encontrar a una mujer a la que no le gustaran las mujeres era ardua y complicada. A eso había que añadirle el esfuerzo de tener que disimular contínuamente sus depravadas tendencias. Gustaff estaba totalmente desubicado en un mundo que no comprendía. Con lo feliz que hubiera sido naciendo solamente un siglo antes...

Año 2096. Planeta Tierra.
La especie humana se ha extinguido. Los chimpancés comienzan a escasear...