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Febrero 2005 Archives

Hombre rico, hombre pobre

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Genaro era el mecánico de lavadoras más reconocido del mundo. Era una estrella, el número uno, un galáctico en su gremio. Entre sus clientes figuraban las principales familias reales europeas, los magnates del petróleo estadounidenses y casi todos los jeques árabes. Clientes que podían permitirse comprar una lavadora nueva cada vez que se les estropeaba la antigua, pero que preferían contratar el exquisito servicio de Genaro. En consecuencia, las facturas de éste también eran galácticas.

Avelino era un mecánico humilde que podía darse con un canto en los dientes si conseguía reparar una lavadora al mes. En su barrio era muy conocido gracias a pequeños favores que hacía a sus vecinos, sin retribución alguna. Aun así ganaba lo justo para llevar una vida de acuerdo a su extrema modestia.

Tras varios meses de investigación, apareció a la venta un nuevo producto antical, el definitivo, el cual salvaría la vida de prácticamente la totalidad de lavadoras. Como los beneficios se presumían suculentos, los laboratorios decidieron contratar a Genaro para promocionar su producto. Un mecánico de lavadoras, el mejor del mundo, es toda una garantía para convencer al consumidor, pensaron.

Le ofrecieron un contrato irrechazable, donde figuraba una ristra de ceros muy tentadora. Genaro aceptó y el producto se vendió como churros. Esto supuso el fin de la necesidad de reparar lavadoras y Genaro vio cómo su demanda descendía, pero no ostensiblemente. La mayoría de sus mimados clientes se mantuvo fiel y precisaba de sus servicios en alguna ocasión, más por capricho y cortesía que por los nocivos efectos de la cal. Además, el contrato firmado con los laboratorios le garantizaba una vida futura de lujo infinito.

Avelino en cambio no corrió igual suerte; ya no tuvo más llamadas de clientes. Las escasas lavadoras de sus vecinos ya no se estropeaban como antes, por culpa del nuevo producto, ese producto infalible y perverso, patrocinado por un colega.

No quiero ir a Gran Hermano

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Y no me refiero a participar dentro de la casa. Porque eso ya es voluntad de cada uno. Lo que me aterra es formar parte del universo de ese programa, arrastrado por alguien de mi entorno que desee concursar y me elija a mí como defensor en el plató. Se imaginan ustedes? Qué hago, dejo a esa criatura de dios sin mi incondicional amparo?

Porque la presunta fama que te proporciona tal ocupación es de dudosa procedencia. Una fama que tal vez genere algún euro que otro suficientes para que la dignidad huya en globo, pero que te puede introducir en un círculo vicioso de famoseo de todo-a-cien bastante peligroso.

La cordura no es algo que abunde en mi ser, lo admito, pero la escasa que poseo me evita de emprender aventuras realityshowísticas. Lo único que pido, a los dioses si es preciso, es que este tipo de cordura esté presente también en aquellas personas humanas susceptibles de pretender un abogado defensor como yo.

Los demás

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Una reunión de cinco viejos amigos. Ellos son viejos, así como su amistad. Tras mucho de no verse, es inevitable contarse qué ha sido de su vida en los últimos tiempos.

Armando empieza:
-Las ovejas no paran quietas. No dejan de escaparse hacia el monte y esconderse entre los árboles cuando atisban un bosque. Les gusta hacerme rabiar, y eso que son conscientes de que no lo van a conseguir, ya que mi amo me vacunó hace dos años.
-Pues a mí me va bastante bien con mi dueño -prosiguió Benigno-. Me trata muy bien. Tiene mucha confianza en mí, en mis ojos, y se fía de la senda que le elijo para llegar allá donde quiere. Es duro, sobre todo por los coches y los peatones incívicos, pero las muestras de agradecimiento de mi amo compensa cualquier penuria.
-Yo también estoy orgulloso de mi trabajo -comentó Carmelo-. Es igualmente duro ir cargando con el barril de brandy colgado del cuello y especialmente encontrar a los excursionistas perdidos o enterrados en tan difíciles condiciones, pero, os confieso, hay momentos en que uno se siente un héroe.
-Pues mi jefe me exige cada día más -se quejó Demetrio-. Debo encontrar todas las codornices y liebres a las que logra dar en el blanco, pues el muy puñetero lleva la cuenta a la perfección. Si no es así, me reduce la ración del rancho.
-Sinceramente, no comprendo del todo vuestras quejas -le tocó el turno a Eduardo-. Mi dueña me lleva a la peluquería y a la paticura, me compra mis vestiditos y comida sana y nutritiva, me deja aparearme con las mejores hembras del barrio y me saca a hacer mis necesidades cuando a mí me interesa, aunque ella deba madrugar más de lo necesario. Lo que no entiendo tampoco, debo reconocerlo, es por qué en ocasiones alguien me llama "perro"...

Verde que te quiero verde

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Ante el alud de críticas recibido en nuestra redacción, nos hemos visto obligados a modificar el entorno gráfico de este blog. Esperemos que este sea del agrado del (escaso) público asistente, a la vez que confiamos que éste comprenda las dificultades técnicas que tal empresa conlleva.

Agradeciendo de antemano su paciencia, reciban un cordial saludo.

Atentamente,
la Dirección.

Acerca de Ben Stiller

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Al bajarme del autobús, he visto en la parada el póster de la secuela de "Los padres de ella" (o como diantres se llame), y me ha dado por pensar en la carrera cinematográfica de Ben Stiller (porque si pensara en la de Bobby De Niro, por ejemplo, se me congestionaría el tráfico neuronal).

Antes de diseccionar a Stiller, permítanme recordar a esos dos monstruos, en el peor y el mejor sentido, que son Dustin Hoffman y Barbra Streisand. Grandes los dos, especialmente el primero. Para homenajear a la Streisand, nada como evocar aquel corte histórico de nuestro idolatrado Carlos Pumares: "Barbra Streisand es la leche, es la de dios, pero guapa... guapa, NO!!! es bizca y nariguda!!!". Que hay que dejar las cosas claras, leñe!

Confieso que Ben Stiller no me cayó bien al principio. La primera película que vi de él (conscientemente) fue la floja "Algo pasa con Mary", la cual me defraudó por completo. Los Farrelly habían puesto el listón muy alto con la gloriosa "Dos tontos muy tontos". El personaje de Stiller, siendo presuntamente lo más cómico de la cinta, no acabó de persuadirme. Y los gags, aún reconociendo que tenían algo de ingenio, apenas lograron elevarme una sonrisa.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha redimido. Es cierto que ha pasado a ser una superestrella; no hay más que ver la cantidad de proyectos que rueda al año, de los cuales, al tratarse al 95% de comedias, no me invitan demasiado a comprar la entrada. Pero aún así, conserva algo de personalidad. Combinando batacazos como "Hombres misteriosos" (una gran decepción a pesar de compartir cartel con los magistrales y dosificados secundarios, esta vez disfrazados de pseudoprotagonistas, como William H. Macy y Hank Azaria, y el malo malísimo de Casanova Frankenstein interpretado por Geffrey Rush) y "Envidia" (una pequeña decepción del amigo Barry Levinson), ha triunfado en otras películas como "Starsky y Hutch" (bastante penosa, pero con chistes muy dignos), "Zoolander" (dirigida por él mismo y una de las películas más críticas y corrosivas que se pueden ver en los últimos tiempos) y "Cuestión de Pelotas" (divertidísima, con cameos espectaculares).

También quiero recordar una película dirigida por él y protagonizada por el ilustre Jim Carrey, "Un loco a domicilio", que se vendió muy mal en su momento, aprovechando el tirón de la máscara del Carrey, y que ofrece mucho más que las muecas del susodicho.

Pues bien, Ben Stiller ha acabado cayéndome bien. No porque sus chistes me hagan especial gracia, ya he dicho que las comedias no son mi género predilecto. Me cae bien el personaje por su afán (intencionado, presumo) de crítica a ciertos aspectos de la sociedad occidental, y su mordacidad rayando lo políticamente correcto (eso sí, sin sobrepasarse, que es americano). Lo disfraza todo de comedia y se lo sirve a un público más numeroso cada vez. Como casi todos los genios de este arte debe intercalar sus ideas con otros proyectos más lucrativos, pero es algo perdonable. Sin ir más lejos, Coppola dirigió aquel engendro donde Robin Williams era un niño que crecía muy rápido, y cuyo nombre no recuerdo, y su prestigio permanece intacto.