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Septiembre 2004 Archives

Cuando éramos héroes

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Ya no quedan héroes como los de antes. Los de ahora son tan frágiles como efímera es su heroicidad. Su objetivo es algo que ellos llaman ética (y que al parecer, se trata de una idea abstracta que sólo ellos conocen), en lugar de la fama y la riqueza, la gloria. Sus actos son cuidadosamente meditados, buscando el mayor provecho a través de la acción más liviana. Sin derramar ni una gota de sangre, sin exhibiciones gratuitas, sin violencia, sin generar odio, envidia o pavor entre sus enemigos y buena parte de sus aliados.

La presunta gloria conseguida por el héroe de hoy le concede un estatus que le hace innecesaria la sucesión de actos heroicos y que no le espere otra cosa que un lecho de laureles. En esta sociedad tan falta de héroes, de los de ayer, pero también de los de hoy, la presencia de uno es muy destacada y destacable. Por eso la jactancia no es necesaria, ya recibe los vítores necesarios para colmar su ego. Sin llegar a la idolatría como antaño, faltaría más, que no está el horno para bollos.

Como la Pólvora

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Me presentaré. Me llamo Sr. Rumor, aunque familiarmente me conocen como "Chisme". Antes de nada, para evitar conjeturas y elucubraciones, les confesaré que mi naturaleza es del todo metafísica. No existo como tal, no tengo huesos, músculos, nervios, ni siquiera cuerdas vocales. Digamos que resido en el ambiente, en la conciencia colectiva de varios puñados de personas.

Les explicaré mi ciclo vital. Mi nacimiento es incierto; ya desde el principio mi existencia es puesta en duda. Esta incertidumbre durará hasta el fin de mis días. Probablemente nazca de la mente de cualquier individuo de ese colectivo, un sujeto que habría extraído una conclusión a partir de cierta información distorsionada que haya llegado a sus oídos. El proceso mental de generar esa conclusión, que incluso puede llegar a transformarse en descabellada noticia, puede considerarse como mi parto. Necesito nutrirme, crecer, reproducirme, así que mi "madre", el sujeto tan enigmático que me ha creado, tiene casi la obligación de propagarme. Si no hubiera sido así, el renacuajo que fui jamás se hubiera convertido en rana. Me habría quedado en una vulgar idea, algo que sería del uso y disfrute, con buena dosis de onanismo, de mi inventor. Una vez he traspasado la mente del primer individuo, mi propagación es mucho más fácil, rápida y eficaz. Vuelo de mente en mente, de boca en boca, entre susurros, secretos y promesas. Es el momento en el que crezco, me hago enorme y especialmente robusto. Comparto la malsana alegría de los que comparten el rumor. Me hago partícipe de la satisfacción de todo aquél que me expulsa de su boca mientras farda de poseer esa información tan dudosamente valiosa. Pero es mi modus vivendi. Debo ser tan cruel como las personas que utilizo para propagarme.

De mi especie hay muchos tipos. Hay algunos enormes, que traspasan océanos y que se aprovechan de mecanismos de conexión tales como Internet. Otros son más localizados y repercuten casi siempre en los mismos personajes, los cuales han constituido una élite llamada "farándula". En mi caso, mi ámbito de aplicación es más modesto; soy un humilde rumorcillo de oficina.

El momento de mi muerte? Es difícil de determinar. A veces muero por olvido; otras veces porque la Sra. Noticia me devora. Pero en muchas ocasiones puedo llegar a ser inmortal y renacer cada cierto tiempo, en función del grado de calenturamiento de esas mentes que me conceden el halo de vida.