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Abril 2006 Archives

Hispanofilia Animada

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Ya somos mayores, aunque nos cueste reconocerlo, aunque nos aferremos a los recuerdos de nuestra infancia como un estéril intento de impedir el paso de los años. Cuando ese renacuajo nos llama "señor", o peor aún, cuando esa adorable ancianita nos trata de usted, nos damos cuenta de que por muy jóvenes que nos sintamos interiormente, las arrugas, las canas y los michelines delatan que conocimos a Naranjito.
Hasta hace poco nos creíamos invencibles. Nuestra superioridad física e intelectual sobre nuestros humildes progenitores nos otorgaba la supremacía generacional. Sin embargo, no reparamos en el hecho de que el progreso tecnológico (y con él, aspectos como la educación o el ocio) crecía exponencialmente y tal circunstancia concedía a la generación venidera una ventaja insalvable, sobre todo si nuestras armas consistían en discos de vinilo o las 48k del Spectrum.
Nosotros, que teníamos que consultar tomos y tomos de enciclopedias, para luego limitarnos a copiar las definiciones casi textualmente, nos vemos ahora en el brete de lidiar con ciberadictos. No es justo.
Pero sobre todas las cosas, hay una evidencia que denota la superioridad de los niñatos de hoy en día sobre los incipientes carrozas de nosotros: los nombres de los personajes de dibujos animados.
Los críos de ahora son capaces de memorizar los infinitos Pokémons o corregirte cuando intentas vocalizar el nombre de un personaje de Dragon Ball. Para nosotros, Ozora Tsubasa es simplemente Oliver Aton y somos incapaces de decir correctamente Shin Chan. Eso por no mencionar a los Teletubbies.

Traducir los nombres de los personajes forma parte de nuestra cultura. Nuestra generación ha crecido con Epi y Blas, no con Ernie y Bert. No conocemos a Ernie ni a Bert! El bendito que tradujo los nombres (unos apelativos originales no demasiado complejos, todo sea dicho) tuvo la visión de conservar las iniciales para que los más despiertos infantes no se cuestionasen sobre las enormes letras "E" y "B" que presidían las cabeceras de sus camas. Por cierto, conjeturas sobre su cada vez menos dudosa vida sexual aparte, cómo podían armar esas pedazo de camas cada noche en la sala de estar?
Siguiendo con los muñecos de Barrio Sésamo, tenemos a Kermit y Piggy. Los que compartimos el Tigretón o el "Mi merienda" (seguro que lo recuerdan, un bollo con una minibarrita de chocolate con leche; un Bollycao en dos piezas, vamos) con la rana Gustavo guardamos un recuerdo tan hondo en nuestros corazones que no logramos aislar el nombre de Gustavo de la ranita. Algo parecido sucede con el nombre de Lucas y el Pato homónimo (Daffy Duck para los anglófilos). A pesar del escaso esfuerzo a la hora de traducir el nombre de Peggy, igualmente nos perdimos el juego de palabras original. Eso sí, también nos marcó, porque cada vez que oímos ese nombre, nos guste o no, lo relacionamos con una cerdita...

Las numerosas series de la Hannah Barberà también crearon escuela en este arte. Salvo excepciones como Magila o Yogi, nombres ya bastante simplones como para no suponer excesivo reto a nuestras perezosas mentes, muchos personajes fueron vilmente rebautizados. Los Flinstones se llamaron los Picapiedra. Como no nos gustaba llamarles Fred y Barney, los traductores-censores de la época (aquel día se ganaron el jornal) optaron por algo más castizo y nos los presentaron como Pedro y Pablo. Su alter ego espacial, los cuales no cuajaron como los prehistóricos aunque eran igual de malos, los Jetson, los convirtieron en los Supersónicos.
Un servidor tenía debilidad por el Lagarto Juancho, Wallygator para los guiris (otro juego de palabras que perdimos, mecachis!). Tenía el mismo rol que Magila Gorila, cambiando la Pet Shop de Peebles por el parque zoológico. Y, como le pasaba a Don Gato (Topcat), compartía enemigo con el Oso Yogi: el guardabosques era primo del oficial Matute, hermano del vigilante del zoo de Juancho. Otros personajes célebres fueron Leoncio el León y Tristón (Lippy The Lion & Hardy Har Har), nada que ver; Pepepótamo y So-so, en los que al menos conservaron el nombre del mono y la esencia del juego de palabras del paquidermo: Peter Potamus and So-So... Recuerdan el "grito huracanado"?; y qué me dicen de Squiddly Diddly? por estas latitudes conocido, gracias a los dioses, como Manotas.
La relación es inmensa: Woody Woodpecker fue el Pájaro Loco; el insufrible gato Heathcliff fue Isidoro; de las ardillas Chip & Dale nos quedamos con el nombre de la primera y a la segunda le llamamos simplemente Chop. Curioso.
No quiero ni pensar en las atrocidades que hubieran consumado los adalides de nuestra querida lengua al traducir ciertos nombres: "Homero Simpson"? "Bartolo"? Lo siento, se me ocurren pocos casos más; apenas tengo tiempo para disfrutar de los dibujos animados de ahora, y los pocos que veo son víctimas de los mismos traumas de mi niñez: Calamardo, Patricio, El señor Cangrejo...