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Octubre 2004 Archives

La Zorra, el Lobo y el Oso

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En un oscuro bosque a mediados de otoño, en medio de una búsqueda infructuosa de alimento, se encontraron una zorra y un lobo. El clima de aquella región era extremadamente perverso y escaseaban los medios de subsistencia. No había ni una raquítica liebre que llevarse a las fauces. Estas circunstancias condujeron a la zorra y al lobo a firmar un pacto de colaboración.

Procuraron una cueva en los lindes de una pequeña colina. Lo echaron a suertes y le tocó a la zorra el rincón menos húmedo. Posteriormente se repartieron las labores; para evitar agravios, ambos realizarían los mismos trabajos: recolección de leña para el fuego y de bayas para el buche.

La briosa zorra empezó sus tareas con enorme ánimo, con una motivación absoluta, dejando al lobo boquiabierto. Éste, tan o más perezoso que la zorra, se lo tomó con más calma, realizando parsimoniosamente su recolección diaria sin registros destacables. Poco a poco, la zorra se fue adaptando al terreno. Fue conociendo los senderos mejor provistos de champiñones y los rincones con la leña más seca. Además, aprendió la manera de burlar las suspicacias del lobo fingiendo que trabajaba con la misma animosidad que al principio. No necesitaba imperiosamente trabajar menos, pero sabía la forma de ganar el mismo sueldo haciéndolo.

El lobo seguía al mismo ritmo, sin sobresaltos, sin innovaciones. Le frustraba un poco comprobar cómo la zorra obtenía el mismo output que él, aparentemente sin tanta dedicación. Porque el lobo no era tonto, se daba perfecta cuenta del descenso en el rendimiento de la zorra. La frustración inicial se transformó en cabreo cuando la desfachatez de la zorra fue en aumento. Pero se sentía impotente. La relación de dependencia era tal que, aunque se moría de ganas de descuartizarla con sus colmillos llenos de sarro, debía mantenerla en un status de intocabilidad, por razones que el equilibrio interno de aquella pequeña sociedad le imponía. Además, tampoco disponía de pruebas objetivas de los escaqueos de su compañera.

La situación se volvía insostenible. La zorra era feliz. Trabajaba lo mínimo y cobraba lo mismo, o más determinadas jornadas, que el lobo. Pero éste no aguantaba más y esperaba concluir con aquello, aunque siempre terminaba reprimiendo un arrebato de furia que hubiera acabado liquidando la sociedad. Necesitaba algún elemento externo.

Y el elemento apareció en forma de oso. Una enorme masa de pelo plantígrada fue recibida con suspicacia por parte de la zorra y con un tratamiento mesiánico por parte del lobo. Su poderío físico le otorgó la jefatura del grupo, siendo su función distinta a la de sus nuevos anfitriones. Su labor principal consistió en la supervisión de las labores de zorra y lobo. A la primera no le satisfizo en exceso tal jerarquía, pero no pudo disentir por falta de argumentos. Las pezuñas del oso eran un argumento irrefutable. El lobo se congratuló y se maravilló por su suerte. Casi una tonelada de maná peludo caído del cielo.

Poco le duró la alegría al lobo. La zorra, con argucias varias y su innegable poder de seducción, acaparó en seguida las simpatías del oso quien, más que sucumbir a sus encantos, fue convencido del excelente rendimiento del escaso esfuerzo de la zorra e hizo caso omiso a las protestas del lobo ante semejante agravio comparativo. Ella debía seguir con su actuación delante del oso, pero aquél era un esfuerzo insignificante comparado con los titánicos que el lobo debía llevar a cabo diariamente para hacerse con apenas media docena de nueces. Y eso era únicamente lo que el oso, hipnotizado por su glotonería, sabía apreciar.

Los tres animales llegaron a una especie de equilibrio muy endeble. Los hilos estaban tensos cual alambres y cualquier ataque de ira del lobo daría al traste esta sociedad de conveniencia donde realmente no triunfa el más listo ni el más fuerte, sino el que menos se esfuerza. Lo más difícil de todo es averiguar cuál es la fuerza que retiene al lobo para que no salte por los aires y estampe el hocico de la zorra contra una roca.

Mosquitos

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Puede actuar en grupo, aunque es igual de letal o más en solitario. Se mueve con la impunidad de la noche y su único rastro son sus crímenes. Es despiadado, voraz, mezquino e insaciable. Se puede permitir escoger a sus víctimas entre millones de candidatos. Además, posee un instinto que le permite rechazar a aquellos individuos que no satisfarán su apetito. Su huella es indeleble durante varios días y, la tortura que padecen los que sufren su ira, insufrible. Es capaz de encolerizar al más dócil y de desmoralizar al más valeroso.

Se imaginan ustedes lo que pasaría si, por aquello de la selección natural y la evolución de las especies, los mosquitos fueran capaces de desarrollar cierto grado de inteligencia? Unos insectos que se adaptan a las insalubres condiciones de las ciudades, con cierta pericia podrían regatear los ridículos intentos de los inofensivos humanoides de aplastarlos con una zapatilla. Crecerían en tamaño y en poder y se reproducirían a la misma velocidad que sus primas las cucarachas. Se acabarían adaptando al frío y al hedor del DDT. Los humanos, debilitados físicamente y con la moral a la altura del betún, serían víctimas propiciatorias de la nueva raza superior.

Lamentablemente esto tiene muy poco de ciencia-ficción; está sucediendo ahora mismo en África con la malaria.

Pantomimas modernas

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Todavía recuerdo con nostalgia una etapa televisiva de la vida de mi generación. Recuerdo aquellas mañanas de los fines de semana, que una emisora privada de reciente creación nos aliñaba con combates de lucha libre americana, de "Wrestling", o como ellos bautizaron y nos inculcaron a los adeptos, "Pressing Catch".

Aunque algunos ya habíamos vivido en nuestras carnes la perturbadora experiencia de la aparición de nuestro primer vello corporal, apenas éramos unos críos. No obstante, esta circunstancia no era obstáculo para que nos diéramos cuenta de que, todos los batacazos, estrangulamientos, patadas en el hocico y sillazos varios que se repartían aquellos adictos al gimnasio, eran una absoluta farsa. Habían luchadores "buenos" y "malos", los primeros recibían los aplausos y los segundos los abucheos de un respetable totalmente entregado. Nosotros, desde una gran distancia que las ondas de Telecinco y los comentarios de Héctor del Mar y José Luis Ibáñez (por dónde andarán...) reducían considerablemente, éramos partícipes del juego y, conscientes de nuestro papel, seguíamos la corriente.

Fueron dos ó tres años, ya no recuerdo, en los que el Pressing Catch estaba absolutamente de moda. Luego desapareció, de repente. Cada generación tiene varias modas, unas que van sustituyendo a otras más antiguas, pero que sirven al menos para poder recordarlas con el paso de los años y compartir esos recuerdos con los que las convivieron.

Si empiezo a evocar todos aquellos personajes que nos deleitaron con sus fingidos trompazos y sus llamativos disfraces, no terminaría nunca: Jimmy "Estaca" Dugan, Rick "Modelitos" Martel, Míster Perfecto, los Sacamantecas, el Último Guerrero, "Terremoto" Earthquake, el Enterrador, el Barbero, "Malas Noticias" Brown, el Marinero Tarugo...

En algunos casos, mejor no saber qué habrá sido de ellos...

Gnomos en mi jardín

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Hace unos meses sucedieron cosas muy extrañas en el pequeño jardín que rodea mi humilde hogar. El primer fenómeno fue la desaparición de las bisagras de la puerta de la letrina. Fue bochornoso tener que enfrentarme a tan delicada labor a la vista de los curiosos (un par de ardillas y un mapache tuerto), pero una urgencia es una urgencia. Las bisagras habían desaparecido limpiamente, sin signos de violencia. Una poderosa ráfaga de viento no podía haber causado tal travesura. Y tampoco eran de un valor tal como para atraer a los amigos de lo ajeno. Como la ferretería más próxima me queda algo lejos, aún no he podido reponerlas y cada día hago mis cosas sin puerta alguna que me provea de intimidad. Me estoy ahorrando unos buenos cuartos en ambientador.
Lo siguiente fue la inexplicable metamorfosis de mis geranios. Extraviaron las flores, se endureció el tallo (con perdón) y su superfície se recubrió de pinchos. Pudo ser obra de algún mago de grandes poderes, o bien algún gamberro sin escrúpulos me pegó el cambiazo. De todas formas, me satisface el no tener que regarlos con la asiduidad de antes, además de haberme librado del polen que me daba alergia el último viernes de cada mes.
A la semana siguiente me encontré una rata muerta sobre el felpudo de la entrada. Las moscas que atrajo eran bastante desagradables, especialmente por sus descomunales dimensiones, sin embargo, la aparición del cadáver del roedor sirvió para ahuyentar las visitas de aquel día, en particular la de Tía Eduvigis, la Desvirtuosa, que venía a enseñarme la flamante gaita que le había regalado la Abuela Ermengarda, la Sorda.
A los dos días apareció una gigantesca deyección bovina en medio del camino. Desde entonces, los rábanos y las zanahorias crecen ahí en lugar de en el huerto, cosa que me evita caminar unos cuantos pasos cuando quiero recogerlos para la ensalada. La edad no perdona y tengo las rodillas como las de un Airgamboy.
Todos estos fenómenos ya han cesado. Lo último sobrenatural que percibí en mi jardín fue una especie de chillido agudo, como proveniente de algún ser diminuto, justo después de descubrir junto a las remolachas una espantosa seta de color rojo y topos blancos y arrancarla ipso facto. Primero fue un grito de sorpresa y desesperación, para pasar más tarde a una retahíla de exabruptos irreproducibles cuando alojé dicha seta en el hediondo cubo de la basura.

Chico nuevo en la oficina

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Hoy ha empezado a trabajar un chico nuevo en la redacción. A pesar de que su discreción ha sido absoluta, así como su intención de pasar desapercibido, nos ha llamado la atención a todos. Es alto y corpulento, aunque por su talante y sus gestos parece de lo más dócil. Es decir, parece fuerte, pero incapaz de hacer uso de esa fuerza. Por otro lado, el excesivamente engominado cabello no impide que un remolino se destaque díscolamente del oprimido flequillo. Unos breves segundos sin sus gafas nos han inducido a pensar que acusa una miopía galopante. Sin embargo, la momentánea y presumible falta de visión la ha sustituido por una mirada que parecía que podía traspasar objetos. Tímido, casi tartamudo, muy receloso de su vida personal, ha mantenido su atuendo impecable, ni siquiera ha desahogado el nudo de la corbata, como si quisiera esconder algo debajo de su traje.

En la oficina ya circulan los rumores sobre las actividades nocturnas de este chico, sobre su otro yo en el universo drag queen...